El desafío como principio

por Bernardo Basombrío | Oct 23, 2026 | Producción agroindustrial

Raíces rurales y vocación empresaria

La historia de MSU que le toca a Manuel Santos Uribelarrea (h) es la de una simbiosis temprana con la tierra. Raíces, negocio y valor agregado. Aunque su partida de nacimiento diga Capital Federal, su ADN se forjó tierra adentro hasta los 13 años. Su inicio fue en una escuela rural que tuvo el paso por dos aulas con dos maestras que cubrían de primero a séptimo grado. La otra lección comenzaba al mediodía, cuando cerraba los cuadernos y montaba a caballo junto a su padre. Entre recuentos de hacienda y yerras, no solo aprendió el oficio, sino que internaliza una vocación: construir y acrecentar.

Ese impulso lo llevó a salir del esquema tradicional de administración familiar para soñar con una compañía agropecuaria profesional y de crecimiento horizontal. Santos (h) fue testigo y protagonista a fines del siglo pasado, desde el vamos.

La revolución productiva argentina

El boom y la revolución productiva se dio entre 1990 y el 2000, donde Argentina vivió un cambio de paradigma. Lo recuerda como una "irrupción generacional" de hombres forjando empresas. Además, la llegada de la soja RR, la Siembra Directa y el intercambio masivo de maquinaria no fueron solo mejoras técnicas; sino una revolución cultural.

"Fue un cambio fuertísimo. Se duplicó la producción gracias a una política de espejos con Estados Unidos en biotecnología y una decisión permitió transformar áreas ganaderas, por correr fronteras, en agrícolas".

En ese contexto surgieron fenómenos interesantes, como productores de baja escala, con 50 hectáreas y que con audacia y tecnología se transformaron haciéndose fuertes. Tal el caso de Fumisem, sus socios. También, instituciones como AAPRESID o AACREA marcaron el camino intelectual de ese tiempo, poniendo al país en un nuevo umbral productivo.

 

 

 

Rentabilidad, logística y competitividad

La fina rentabilidad o pequeño margen, y la logística son aspectos que chocan con el romanticismo del campo ante la realidad de los números. La agricultura enseña que es un negocio de márgenes extremadamente finos, estrechos. "Si no sos eficiente, no tenés chance. En cualquier parte del mundo", sentencia Santos. Más allá de que el mercado de Chicago pueda jugar a favor una vez, el secreto radica en la excelencia operativa al sembrar, vender, financiarse y planificar. El mandato es ser ultra competente, desde la tranquera hasta el puerto.

Aquí es donde entra la logística. Para Santos, la exportación de commodities -granos sin procesar- es un juego logístico de volumen y bajo margen, con apenas un 2% o 3% de renta. Una vez que el grano sube al barco, ese interés pasa a manos de los grandes traders globales.

Mientras, Argentina padece su techo en forma de impuestos y posibilidad de expansión territorial. El crecimiento se ha topado con dos barreras: un límite físico que, a diferencia de Brasil, Argentina ya no tiene una frontera agrícola para incrementar su capacidad productiva. Sólo puede crecer marginalmente vía tecnología.

En tanto, la carga impositiva es asfixiante. Desde las retenciones, que en épocas de mercado cerrado –gestión kirchnerista- implican que el Estado se llevará la mitad del valor real del maíz con un leonino 50% -ROE y Derechos de exportación mediante-, hasta tasas provinciales distorsivas e Ingresos Brutos. En otro orden, el reconocimiento sobre las patentes y el pago de regalías, muestra una primera etapa floreciente, de respeto y una segunda, sin acuerdos que exhiben mermas productivas frente a sus vecinos. A pesar de la competitividad tranqueras adentro, ha encendido una luz amarilla más sutil que corre al país lentamente de ese liderazgo.

El maní y la integración agroindustrial

Ejemplifica con el maní y la integración vertical de un modelo. Ante un escenario de commodities limitados, la respuesta de Santos, es girar hacia el nicho de alto valor. Porque permite una integración vertical real. Ya no se trata solo de logística portuaria, sino de "cocinar un plato gourmet". La estrategia es conectar el campo con una planta industrial de clase mundial, aduana en puerta, y llegar directamente al cliente final, con el requerimiento que sea.

Con empresas locales como AGD y ManiAll, Argentina ya posee una "marca país" de calidad en esta producción. La apuesta es dejar de pensar en toneladas y enfocar en competitividad industrial y satisfacción del cliente final.

La trayectoria del Grupo MSU

La historia del Grupo MSU tiene sus cimientos en 1860, cuando la familia Uribelarrea comenzó sus actividades agropecuarias en el interior bonaerense, dando origen a una sólida tradición productiva que perdura hasta la actualidad. Con esa valiosa herencia, en 1998 Manuel Santos Uribelarrea Balcarce y su padre fundaron MSU Agro, introduciendo un modelo pionero de producción extensiva enfocado en el arrendamiento, la gestión profesional, la tecnología y la escala. Esta visión innovadora llevó a la compañía a consolidar su liderazgo internacional en 2007 mediante la creación de un fondo de inversión en tierras. Años más tarde, en 2013, fortalecieron su estructura financiera al ingresar al mercado de capitales a través de la emisión de Obligaciones Negociables en la CNV, marcando un paso clave para sostener su ambicioso plan de crecimiento.

A partir de 2022, la empresa impulsó un fuerte despliegue territorial en campos propios y alquilados, hasta alcanzar en 2024 un imponente total de 245.000 hectáreas sembradas —30.000 de ellas propias— distribuidas a lo largo de siete provincias argentinas. Paralelamente, en 2024 reafirmaron su integración agroindustrial al iniciar la construcción de una planta procesadora de maní en Rufino, Santa Fe, para potenciar la exportación de alimentos al mundo. Con más de 160 años de trayectoria, un equipo de más de 240 empleados directos y una producción anual que supera el millón de toneladas de granos, MSU reafirma su posición de liderazgo basando todo su desarrollo en la innovación, la eficiencia y la gestión sustentable de los recursos.

Geopolítica y aventuras del agro global

Si en la primera etapa de su vida miraba hacia adentro, la tierra y la capacidad de gestión, la segunda parte la visión que descubre Santos Uribelarrea (h), de MSU, es más grande al posar sobre el mapamundi; el pensamiento global y la acción local. El agro ya no es una cuestión trivial para trascender, sino de ajedrez geopolítico.

El mundo se redefine por tensiones, cada vez. Hoy, el flujo comercial está dictado por el existente entre Estados Unidos y China, y la guerra Rusia-Ucrania, que ha obligado a recalcular el mapa de suministros.

Con el factor Trump, la política de aranceles y el "America First" rompieron el humor de la agenda tradicional. Estados Unidos como proveedor histórico de soja para China encuentra en la sobreoferta de Brasil la diversificación para el gigante asiático, mitigando la colisión. Incluso la guerra en Ucrania, aunque dramática, tuvo un impacto disruptivo breve en los mercados más que nada debido a las expectativas. La resiliencia ucraniana es tal que, bajo bombardeos, siguen planificando campañas agrícolas.

Brasil, Estados Unidos y Argentina: tres modelos productivos

Además de la capacidad de Europa del Este, y en la comparación del crecimiento productivo de los últimos 25 años entre Brasil, Estados Unidos y Argentina, Santos identifica a esos tres grandes polos de producción global. Al compararlos, al oeste de Greenwich señala diferencias tajantes:

En Brasil, como granero del mundo, ve la estrella actual. Su ventaja es el volumen y la capacidad de sumar tierras productivas. Mientras Argentina se estanca, Brasil repite: "área, área, área".

Estados Unidos, sigue como un líder indiscutido en tecnología y volumen, con su tradicional madurez.

Argentina, aunque se destacó por su adopción tecnológica temprana, algo que relegó más tarde y le juega en contra. Afronta la falta de nuevas tierras y la presión fiscal como limitantes a superar. Un todo marginal.

Las lecciones de Ucrania, Angola y Colombia

Lecciones de viajes, en alfombra voladora, por Europa del Este, África y Sudamérica tienen su estela. La experiencia de Santos no es teórica; intentó expandirse globalmente, y esas aspiraciones dejaron lecciones valiosas sobre por qué, a veces, es mejor quedarse en casa o ir a lo seguro.

Ucrania, como oportunidad perdida. En 2004, Santos vio el potencial. Tierras negras increíbles e infraestructura soviética, con rutas asfaltadas en medio del campo. Sin embargo, desistió por el riesgo jurídico. "Es un negocio para ucranianos o rusos", le advirtieron.

En 2004, un dato impactó a Santos en Ucrania: todo el país compraba apenas 15.000 bolsas de semillas de maíz, la misma cantidad que consumía su empresa sola en Argentina. Por entonces, la producción ucraniana apenas llegaba a 4 M de toneladas. Sin embargo, vio a la tecnología que encendió la mecha: en una década el gigante despertó, disparando su cosecha a más de 42 M y superando a la Argentina en el tablero mundial.

La posibilidad de expropiación o trabas burocráticas para un occidental eran altas, por lo que desistió en invertir.

Angola, fue la del peligro extremo. Invitados a un proyecto de 100.000 hectáreas, se encontraron con un escenario de posguerra. Entre campos minados, los jefes de tribu oficiaron de guía. Allí, acosaba la falta total de recursos humanos capaces e infraestructura en red. La conclusión fue rápida: intentar hacer agricultura de escala sin un ecosistema de soporte es "de locos".

Colombia, en tanto, planteaba la trampa de la liquidez. En Los Llanos, encontraron buena tierra y cultura afín, aunque había que movilizarse con custodia armada. El costo de entrada era altísimo debido a la corrección de suelos y, lo más grave, no había salida para el negocio. Se presentaba la incógnita si querían vender la empresa años después, para encontrar el candidato que la comprara. La falta de un mercado líquido de tierras frenó la inversión.

El capital financiero frente al negocio agrícola

Finalmente, Santos es categórico respecto al capital financiero en el campo: "El agro no es negocio para Fondos de Inversión. Es demasiado fino y complejo".

La historia lo demostró con actores que ya no están. Para ellos, la recomendación es comprar tierra y alquilarla, apostando a la apreciación del capital, o invertir en infraestructura logística como puertos y acopios, para seguridad alimentaria. La siembra, es mejor dejársela a los expertos locales.