Se trata de la experiencia de un productor agropecuario en Santa Fe y Entre Ríos. Lo que define su manera de vivir y trabajar es el diálogo constante entre dos mundos. Por un lado, está la tierra que pisa todos los días, su parcela, donde cada decisión sobre la siembra, ante el clima y los costos es inmediata y personal. Por otro lado, está el horizonte mundial, un tablero de ajedrez inmenso donde una noticia en China, una cosecha en Estados Unidos o un conflicto a miles de kilómetros pueden cambiar las reglas del juego de un día para otro.
Es la historia de cómo Fernando Petit aprendió a navegar esa dualidad. Es tener los pies firmemente plantados en su campo y, al mismo tiempo, los ojos clavados en ese horizonte lejano y a menudo impredecible.
El sector agropecuario argentino atraviesa una transformación profunda en su ADN operativo y estratégico. Lo que antes era una actividad guiada por grandes tendencias macroeconómicas globales, de ritmo lento, hoy se ha convertido en una carrera de precisión técnica donde el clima y la eficiencia en el lote definen la supervivencia, según cuenta Petit. La influencia de los factores geopolíticos y climáticos en las decisiones productivas ha evolucionado en la consideración.
A través de su mirada, es posible desgranar la compleja realidad de quienes, a pesar de las limitaciones de infraestructura y la asfixia impositiva, en Argentina siguen cultivando la tierra.
El productor frente al mercado mundial
El ritmo del mundo ha cambiado. Mientras que en los años 70 una crisis tardaba semanas en asimilarse, hoy la tecnología y la comunicación instantánea provocan que los mercados se ajusten en cuestión de horas. Esta aceleración ha desplazado el foco del productor: la información macro ya es accesible para todos desde un teléfono celular, lo que ha restado relevancia a antiguas maneras de conducirse en el mercado.
Las decisiones en la mesa agrícola han evolucionado y se toman observando el mapa mundial y el clima, cuya información disponible se considera precisa. De una manera más sofisticada, Petit, integraba un reducido grupo con seis colegas que se reunían para analizar la situación económica de grandes jugadores como China, la evolución de las cosechas en Estados Unidos o el impacto de conflictos bélicos lejanos. Esta información macro les permitía estimar si los precios de los commodities subirían o bajarían, brindando un margen de maniobra para asegurar ganancias.
Transmite que la situación que acontezca en la economía o demanda del gigante asiático, al momento, es un aspecto clave. Las cosechas en Estados Unidos son un termómetro del mercado que define parte de la estrategia. Asimismo, cabe una consideración sobre los conflictos bélicos cuya onda expansiva hay que tener en cuenta. Son formas de tomar distancia, de levantar la cabeza del surco y tratar de entender el tablero completo.
Incluso ha llegado a graficar que la misma información con distinta interpretación puede arribar a resultados diferentes; una obviedad no tan sencilla. A veces pasa por optar a sembrar colza y obtener un equivalente a 80 quintales de trigo. El resultado cambia su economía.
La cultura del productor y el valor de cada grano
“La obsesión por más toneladas no nos convierte en máquinas. Detrás de cada cálculo hay una mentalidad forjada a sol y sequía, una forma de ver el mundo que no entra en ninguna planilla de Excel. Esto desmonta el dicho popular: ´Los del campo viven a lo pobre y mueren a lo rico´. No es austeridad por austeridad, es una aversión cultural al derroche, un mecanismo de defensa forjado por años de ciclos de abundancia y escasez. Esa misma prudencia es nuestro motor de crecimiento”, afirma.
Ese pensamiento se traduce en principios éticos profundos. No es extraño ver a grandes productores detener su observación atentos al puñado de maíz que cae desde un camión en la ruta. Se trata de un respeto casi sagrado por el fruto que vigila la etapa de poscosecha.
Producir más para sostener la competitividad
En la pampa húmeda argentina, si se anticipa un ciclo de lluvias, se opta por sembrar más trigo seguido de maíz o soja, esperando rindes altos. Este factor -que tiene pronósticos cada vez más precisos- influye en la elección de rotaciones, como la siembra de colza seguida de maíz, buscando mejorar la performance.
Si el clima acompaña, principal determinante de la siembra, se gastará "hasta lo que no tenés" para incrementar la eficiencia y las toneladas, invirtiendo en insumos como fertilizantes y tratamientos foliares o fungicidas. La fertilización es esencial, ya que, aunque el margen sea pequeño, es necesario maximizar las toneladas para que esa diferencia rinda en escala.
En el contexto argentino, producir más ya no es solo una meta de crecimiento, sino una necesidad de subsistencia. El productor se enfrenta a una presión impositiva y política que frena la inversión y limita la competitividad en comparación con países vecinos.
El volumen como escudo es la única forma de que el negocio cierre frente a la alta carga tributaria y es a través de la escala. "Si no hacés volumen, no sobrevivís", es la premisa que guía la inversión extrema. La eficiencia interna viene dada ante márgenes de ganancia cada vez más estrechos, se debe ser excepcionalmente eficiente para que la diferencia impacte en grandes escalas de producción.
El desafío logístico desde el campo hasta el puerto
Existen desafíos críticos en el hinterland argentino debido a que la logística ferrovial para acceder al nodo portuario presenta deficiencias estructurales que encarecen el proceso, a la par de restar competitividad. La zona de entrada a los puertos graneleros de Rosario es descrita frecuentemente como un desastre.
La falta de una red eficiente de rutas y autopistas se evidencia en las interminables filas de camiones, sin coordinación. Este déficit es más evidente cuando se compara con la de otros países. Además, se sugiere la implementación de soluciones modernas como los bitrenes para aumentar la capacidad de carga y reducir la cantidad de vehículos en las rutas. Por añadidura, otorga seguridad.
En otro orden, aparecen detalles que no tienen mucho sentido en a cultura comercial. Los recibidores de granos han implementado la práctica de penalizar al productor con una reducción del precio a pagar si decide enviar la mercadería directamente al puerto para cargar, en lugar de aguardar a la espera en su establecimiento rural. Esto se describe como un vicio innecesario y se adopta especialmente cuando se dice que los puertos están con capacidad llena.
El trayecto del grano desde la tranquera, -el punto de partida desde un campo, con un camión- hasta los mercados internacionales, es un viaje que puede durar 50 días desde Argentina hasta China vía Sudáfrica, en barco.
Argentina, Brasil y el desafío del valor agregado
Al comparar la situación local con la de Brasil, Petit establece que las diferencias en el apoyo estatal son notables. Mientras que el productor argentino se siente "tironeado hacia atrás" por la política, Petit explica que en Brasil es al revés y existen líneas de crédito con años de gracia que permiten pagar la inversión con el fruto de la cosecha. Además, la ausencia de derechos de exportación en el país vecino marca una brecha de competitividad insalvable.
Por otro lado, la falta de unidad colectiva entre los productores locales para hacer lobby, debilita su posición en el mercado. Existe una visión en que, si el sector estuviera unido, podría influir en los precios internacionales simplemente coordinando las entregas a puerto, algo que hoy parece una meta lejana debido a la dispersión que percibe llegada de las entidades gremiales.

La verdadera evolución para la gente del campo reside en dejar de exportar grano bruto para pasar a productos elaborados: “Argentina ya es una potencia en la exportación de aceite, pero el desafío es replicar este modelo en otros cultivos, como el trigo transformado en harina”, afirma.
Y analiza: “Cargar barcos con productos terminados permitiría reducir costos. Se podría transportar efectivamente el doble de producción, por estar procesada. Es la manera de retener rentabilidad: El valor agregado quedaría en manos del productor y del país, en lugar de diluirse en la cadena logística global”.
La resiliencia se apoya en una reinversión constante de cualquier excedente en tecnología y suelo. Mientras, el potencial para "soltar las riendas" y mostrar la verdadera capacidad productiva en Argentina sigue latente, a la espera de condiciones políticas que valoren el esfuerzo de quienes ven en cada grano el futuro de la nación.



